Nociones del apocalipsis



El desierto gana, en él leemos la amenaza absoluta, el poder de lo negativo, el símbolo del trabajo mortífero de los tiempos modernos hasta su término apocalíptico.

Gilles Lipovetsky. La era del vacío.


Durante estos meses me he arrastrado, cargando sobre mis hombros mi inadaptación al mundo. Alrededor sólo veo mediocridad y hasta la idea de salir me pone mal. ¿Para salir adónde? ¿Con quién?

Melissa P. Los cien golpes.


La imposibilidad de hablar con certeza y precisión del futuro no debe excusar el silencio

Alvin Toffler. El “shock” del futuro.



Érase una vez un dictador muy desdichado que soñaba con acabar con el mundo y luego suicidarse. Sus amigos le aconsejaron que obtendría mayores beneficios si lo hacía al revés. Y como el dictador, además de ser muy desdichado, era un hombre de lo más estúpido, les hizo caso. Así fue cómo el dictador murió y el mundo quedó a salvo.

Dos siglos después, hubo otro hombre malvado y quejicoso en un alto cargo, de nuevo obsesionado con acabar con el mundo y luego suicidarse. Pero en esta ocasión se trataba de un hombre más inteligente, además de poco dado a aceptar consejos, por lo que el mundo fue efectivamente destruido.

Una vez destruido el mundo, aquel hombre malvado y patético no tuvo necesidad de suicidarse. Se podía decir que había matado a dos pájaros de un tiro. ¡Qué dos pájaros! Se podía decir que había matado a todos los pájaros de un tiro. Una hermosa y devastadora explosión de color violeta dejó al mundo huérfano de pájaros.

Pasaron cuatro horas antes de un nuevo amanecer. Un mundo diferente con la forma y el tamaño de una mandarina. Realmente poca gente sabe que, una vez destruido, el mundo tarda cuatro horas en volver a nacer. Esto se debe a que el mundo no se destruye todos los días; de hecho, rara vez lo hace.

El siguiente amanecer tuvo lugar en un desierto en el que las montañas de arena parecían flanes. Un nuevo cielo y una tierra nueva; el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, como el mar, los pájaros y el resto de las criaturas. No era un desierto concreto, de esos que tienen un nombre y aparecen en los mapas de los libros de texto. Así que nosotros simplemente lo llamaremos Carlomagno. El siguiente amanecer tuvo lugar en Carlomagno. El sol se reflejaba en la arena y la arena en el sol, de modo que el gran astro parecía estar cubierto de granos. Los rayos cubrían de destellos las rocas y las piscinas. Porque había piscinas en aquel Carlomagno. Piscinas, toboganes, lagos, charcos, vasos y pequeñas gotas de saliva. El mundo iba a ser muy diferente a partir de ahora.

Las hermanas Doris vivían en una cabaña a la orilla de uno de estos lagos. Un lago artificial tamaño extra grande al que acudían a bañarse los turistas. Claro que cuando el mundo fue destruido, los turistas dejaron de acudir. Se podría hablar de un fracaso comercial o de una campaña de marketing sin público objetivo. Ciertos economistas se habrían referido al fenómeno como un nuevo paradigma.

Pero no olvidemos que todos los economistas habían perecido en la explosión que acabó con el Mundo Antiguo, a la que llamaremos Hecatombe Universal. Y cuando el mundo, a las cuatro horas, fue creado de nuevo, una de las condiciones impuestas fue que no volvieran a existir los economistas.


He aquí algunas características del mundo recién creado:

El Nuevo Mundo, a grandes rasgos, contará con los mismos problemas que el Mundo Antiguo, exceptuando el problema de la superpoblación. Por tanto, podrá decirse que algo habríamos ganado con la Hecatombe Universal.

La expresión Hecatombe Universal será sustituida, lo antes posible, por la expresión H.U. con el objetivo de ganar tiempo.

En el Nuevo Mundo, los cajeros automáticos estarán capacitados para dispensar billetes de treinta y tres euros, lo que supondrá otra importante mejora con respecto al pasado.

Los billetes de treinta y tres euros pasarán a llamarse llanamente “billetes”.

El tiempo se medirá en unidades especiales y pasará a ser el valor más preciado. Muchas empresas pagarán en tiempo. Habrá millonarios de tiempo y hombres en bancarrota temporal y en suspensión de horas. La muerte será entendida como una sobredosis de tiempo (y su condolencia se reflejará en el sabio refrán popular “La avaricia rompe el saco”).

Los refranes del Mundo Antiguo caerán en desuso, con excepción de “La avaricia rompe el saco”, que será repetido constantemente por el vulgo, que no tendrá demasiado claro su significado, y se usará indistintamente para explicar la muerte, el clima, el desamor, la enfermedad y el odio hacia los que sean diferentes.

La expresión “el vulgo” tampoco tendrá un significado concreto y será considerada como un refrán o, en algunas culturas, como una parábola.

La edad media para conducir será de catorce octavos.

Todos los hombres estarán obligados a aprender a multiplicar antes de enamorarse.

La palabra viceversa será usada en lugar de la palabra etcétera. Y etcétera.

Los alquimistas pasarán a formar parte de los puestos más altos de la pirámide social.

La expresión “pirámide social” carecerá de sentido.

El color rojo quedará desterrado de los almanaques. El color verde se usará únicamente para describir estados de ánimo. Al cerrar los ojos, en lugar de verlo todo negro, veremos todo azul celeste. El color del cielo será morado tirando a violeta. La expresión “morado tirando a violeta” sólo podrá usarse para describir el color del cielo.

La expresión “rosa tirando a rojo” pasará a ser un cultismo.

Al pensar en la nada, todos pensaremos en algo de color rojo, y no en el color blanco.

Los niños no aprenderán a hablar hasta los nueve años. Algunos de ellos dominarán la retórica antes de aprender a hablar y nadie lo encontrará extraño.

La muerte dejará de ser un misterio. Cada ser humano podrá elegir el día de su muerte, con la excepción de la muerte por sobredosis de tiempo. Los más afortunados podrán elegir no nacer si así lo desean. Los días más solicitados para morir serán los lunes y los miércoles, justo antes de la siesta.

Las horas de sueño mínimas para un buen funcionamiento del organismo oscilarán entre una y trescientas veinte.

El día dejará de tener, por tanto, veinticuatro horas. En el Nuevo Mundo, los días tendrán una o trescientas veinte horas. Habrá días muy largos y días muy cortos. No estará mal visto quedarse durmiendo todo el día ni estar un día entero sin dormir. La expresión “Depende del día” adquirirá un nuevo significado.

El equivalente a la Biblia será el libro de Irving Wallace Los siete minutos. El equivalente al Corán será el libro Pregúntale a Alicia. Diario íntimo de una joven drogada. Los defensores de uno y otro libro se odiarán a muerte y teñirán la tierra y los mares de rojo sangre durante siglos.

El problema del dinero desaparecerá gracias a la feliz aparición de los nuevos cajeros, puesto que la avaricia rompe el saco. Habrá que inventar una ley física que explique que gracias a los billetes de treinta y tres euros todo el mundo pasará a tener dinero.

Las personas encargadas de inventar esta clase de leyes en ningún caso serán llamados economistas.

Las leyes físicas y económicas se inventarán para favorecer determinados hechos, y no únicamente pare explicarlos.

Las fórmulas aritméticas se convertirán en la forma más efectiva de iniciar una conversación con el sexo opuesto.

El lenguaje sufrirá cambios, pero dichos cambios sólo quedarán reflejados en las expresiones más cotidianas y banales. La expresión “pasar una noche loca” equivaldrá a lo que en el mundo anterior se conocía como “crear una empresa propia”. Y etcétera.

Los libros de Jorge Luis Borges habrán sobrevivido al Mundo Antiguo y mantendrán su estatus de sinónimos de alta cultura. Los eruditos mitificarán su obra, en especial los títulos Nacida inocente, Manual de caza y pesca para chicas, Muertos o algo mejor, Ya soy famoso ¿y ahora qué?, La máquina del amor, El año que trafiqué con mujeres y El postporno era eso.

Con ánimo de dirimir los ridículos conflictos derivados de Babel, sólo habrá un idioma universal, basado en el sistema de medición decimal. El resto de los idiomas, dialectos y jergas desaparecerá, incluyendo las lenguas muertas y los códigos informáticos.

El día que los ordenadores sean capaces de pensar por sí mismos, serán destruidos.

El día que los seres humanos comiencen a pensar como ordenadores, los ordenadores también serán destruidos.

Exactamente lo mismo se aplicará a la electricidad, los fenómenos meteorológicos, el estudio de la historia o los vehículos de expresión artística.

La ley será, asimismo, universal, aunque cada país tendrá la opción de rechazar esta ley universal y construir una propia. Los países cuyas leyes difieran sustancialmente podrán enfrentarse.