Bloqueo creativo



—Me han pedido que escriba algo —ella levantó las cejas y esperó a que me explicara—. Los tarados del blog de Literaturas Mutantes. No remunerado, claro.


—Típico.


—Ya —jugueteé unos segundos con el cable de los auriculares. Alcé mi vista hacia la ventana y vi una solitaria nube blanca en mitad del cielo. No tenía forma de nada que yo hubiera visto antes. Me asombraba la facilidad que tenían mis hijas para identificarlas: la pequeña, con seguridad, habría dicho de esa nube en particular que tenía forma de araña, de rana o de ventilador; la mayor, más rebuscada en sus observaciones, habría armado una pequeña historia en base a esos jirones informes.


—¿Y tienes alguna idea?


Negué con la cabeza.


—No me han dado ninguna premisa. Les da igual si es un pequeño ensayo o un cuento. Me pregunto qué cara pondrían si les entrego un par de sonetos en endecasílabos. No podrían quejarse, pero… —moví enérgicamente la cabeza de un lado a otro, desechando la idea; que, no obstante, por un momento había parecido la mejor de las opciones.


Ella suspiró y miró también más allá de la ventana. Su campo era el arte, no la literatura, pero cuando la conocí descubrí que sus rituales antes de enfrentarse a una hoja o un lienzo en blanco eran análogos a los míos ante un cuaderno virgen.


—Escribe sobre algo que te haya interesado especialmente en los últimos días.


Bien, eso parecía razonable. Llevábamos una semana viendo en Netflix una serie llamada Peaky Blinders. Me estaba gustando bastante, aunque como conjunto me parecía una impostación que pretendía ser más sucia y violenta de lo que realmente era. Sin embargo, de ella me entusiasmaba el trabajo actoral, la música y la fotografía. Pero, ¿qué sentido tenía que yo escribiera unas líneas sobre esto? A los lectores de Literaturas Mutantes les extrañaría, y con razón, que un escritor de medio pelo como yo comentara, justo ahora, cuando la serie ya había pasado de moda, los dimes y diretes de un grupo de granujas en el Birmingham de entreguerras.


Tal vez, pensé, podría hablar sobre los auténticos Peaky Blinders. No los de la pantalla, sino los que se paseaban por las sucias calles de Small Heath con sus gorras planas y sus pañuelos de seda anudados al cuello. Y, de repente, me viene a la cabeza la figura elegante y algo pasada de moda de Luis García Prado, antiguo editor de Bibliópolis y de Alamut. No sé qué será de él, hace años que no coincidimos en ningún evento. Hace casi veinte años leyó uno de mis cuentos, titulado “Yo, Winston”, y me dio un consejo al respecto: “Víctor, escribe sobre lo que conoces. No ambientes tus historias en Minnesota o Tokio, sino en Madrid o Granada”. Era el consejo de un editor ya con cierto recorrido a un escritor en ciernes y le hice el caso justo, aunque le agradecí de veras el interés. Desde entonces he publicado siete libros; por fortuna, no todos hablan de “lo que conozco”.


A la mierda los Peaky Blinders, Birmingham y la madre que parió al Rey Jorge. Ya no tengo el más mínimo deseo de hablar sobre ellos.


—Si al menos fueran gitanos del Polígono de Cartuja —comento en voz baja. Ella levanta la cabeza del dibujo que está terminando y vuelve a dedicarme un gesto de incomprensión; yo la tranquilizo con un movimiento de la mano—. No me hagas caso, estaba pensando en el periodo de entreguerras en Minnesota.


Ella abre la boca para decir algo, pero en el último momento recula y vuelve a juntar los labios. Me mira con fijeza, intentando averiguar en qué carajo pienso. Mis procesos mentales son indescifrables hasta para mí, así que ella no tiene muchas posibilidades de comprender que, contra todo pronóstico, sí que me apetece escribir un pequeño relato sobre el barrio en el que me crie.


“El jefe de la pandilla se llamaba Nicolás, pero todos lo conocían como El Negro”, escribo.


Pienso en él, en El Negro. Nicolás no era gitano, era payo como yo, pero todos le teníamos miedo. Me lo cruzo de vez en cuando, ahora que han pasado casi treinta años de aquella adolescencia ya tan lejana. El Negro supo evitar la delincuencia y la cárcel, que ya es mucho, pero es un ser humano derrotado. Se casó y se divorció. Vive como puede haciendo chapuzas aquí y allá. Siempre me saluda de forma cortés y se interesa por mi situación. Yo tampoco estoy para tirar cohetes, pero cuando conversamos intento hacerme de menos. Por nada del mundo quisiera que él pensara que le estoy restregando algún tipo de éxito, más imaginario que real, de los que han jalonado, con cuentagotas, mis últimos años de existencia.


“Solo hay dos trofeos en la vitrina: los que conmemoran el nacimiento de mis hijas”, tecleo.


Nicolás se casó y se divorció, como yo, pero no tiene hijos. Ya no quiero escribir sobre el Polígono ni sobre Nicolás. Pienso en mis hijas y creo que hay mucha verdad en la última frase. Vale, tengo siete libros publicados, libros que no ha leído casi nadie. Son poco más que pequeñas muescas en el lateral de un biplano imaginario. Mis niñas son otra cosa: cuando yo muera, me sobrevivirán. Y, si deciden procrear, harán que la información contenida en mi mapa genético perdure. Debería escribir sobre ellas, pero una idea insidiosa se ha introducido en mi mente en los últimos segundos y me veo obligado a darle forma en la pantalla del ordenador.


“El período de entreguerras en Minnesota: Duluth”.


Aunque ahora no sea más que una pequeña localidad centrada en el turismo, durante bastante tiempo no hubo ninguna ciudad en los Estados Unidos que tuviera, en proporción a su población, más millonarios que Duluth. Contaba con una próspera industria y su puerto era uno de los más importantes del país. Pienso en que me gustaría saber qué ocurrió en Duluth de 1918 a 1939, y suelto una carcajada al darme cuenta de que el período de entreguerras duró unos cuantos años más allí. Ella me dedica una mirada, solo durante unos segundos, y sigue con lo suyo. Se va a acostumbrando a mis rarezas, deduzco.


“8 de diciembre de 1941. Abram Zimmerman avanzaba por Main Street con el pequeño Robert, un bebé de seis meses, en brazos. Los periódicos anunciaban el ataque nipón al archipiélago de Hawaii, pero Abram había tenido una revelación fortuita: había descubierto, al ver reflejadas su imagen y la de su vástago en el cristal de una librería, que aquel pequeño ser humano que aún no llegaba a los cinco kilos de peso sería algún día el primer músico en recibir el Premio Nobel de Literatura”.


No me apasiona Bob Dylan, la verdad, pero me hace cierta gracia imaginarlo en brazos de un padre clarividente. Aunque he intentado evitarlo, he visualizado al pobre de Abram Zimmerman con kipá. ¿Por qué iba a llevarla al pasear por la calle? Tal vez el 8 de diciembre de 1941 fue sábado. Tal vez estaba haciendo algo prohibido al pasear con su hijo en brazos.


—Pásame el móvil, por favor —ella me alarga el aparato y hago una búsqueda rápida—. Vaya, fue lunes —vuelvo a Google y tecleo “Duluth, Minnesota. Main Street”. Suspiro de alivio al ver el trazado de la calle remarcado sobre un plano esquemático de la ciudad.


—¿Alguna musa a la vista? —pregunta ella. Sonríe. Acaba de terminar su dibujo y lo exhibe ante mí, satisfecha. Le echo un vistazo con atención: hay un par de edificios con chimeneas. Una especie de cometas con forma de pez ondean al viento sobre carteles escritos en lo que supongo que es japonés. La paleta de colores está muy conseguida, pero ella se ha quejado de los verdes que ha elegido. El dibujo es bonito y elegante, me gustaría enmarcarlo y ponerlo sobre el lugar en donde suelo escribir.


—Hoy es día no laborable para las musas —y al decirlo, me pregunto si a ellas, de existir, les importaría hacer su trabajo en Viernes Santo. Pienso en el bacalao con tomate de mi madre, todos los Viernes Santo lo hace. ¿Me habrá guardado un tupper? Miro a mi compañera y pienso en que le encantaría—. Te gusta el bacalao, ¿verdad?


Ella asiente, aunque con recelo.


—¿Vas a escribir sobre…? —no la dejo terminar la frase.