Romántico



Querida, no te asustes, pero ya eres perfecta. Ha pasado mucho tiempo y he empleado muchos esfuerzos en que este momento llegara y, esta noche, empezará su culminación.


Cuando te conocí, tan pura, tan limpia, no habías tocado un libro ni en las solapas; eras virgen y vulgar. Las palabras entonces habrían rodado por los bordes de tu piel, sin empaparla, y habrías resultado inútil para mis fines. Sin embargo, había algo en ti que me hizo creer que, a la larga, podría conseguirlo. Así que me empleé a fondo en conquistarte a tu manera, con detalles como flores o bombones, mundanas, pero que aceptaste abriéndote, sin saberlo, a mi siguiente paso: te regalé un libro y te hice prometer que lo leerías. Sonrojada, te percataste de que no te podías negar, como no te negaste a los diez siguientes. Cómo describirte la emoción que me embargaba al tenderte el primer Borges. Para entonces no salía un reproche de tu boca y llegaron Virginia Woolf y Robert Musil, Edith Wharton y Proust. Hoy, por fin, querida, hemos tenido una conversación elevada sobre Virgilio: estás en tu punto exacto.


Con las otras cometí el error de la impaciencia o las dejé pasarse. Las primeras resultaron poco apetitosas, verdes, insuficientes para mi hambre. Las segundas, de tanto leer, se alejaron de la realidad y perdieron el gusto por la vida en favor de la abstracción. Su sabor llegaba a ser demasiado intenso para mi paladar delicado y exigente. Sin embargo tú... tú has resultado perfecta, así que esta noche te desangraré.


Haría morcillas de no ser por el miedo que me produce pensar que las palabras que ahora corren por tus venas, y de las que eres guardiana, pudieran perderse al cuajar la sangre, así que, como el adicto que soy, me la meteré en vena; tuve mucho cuidado de elegirte donador universal. Disfrutaré del éxtasis de vivir a Homero a través de tu mirada nueva y, créeme, no puedo honrarte de mejor manera.


Cocinaré el resto de ti y te racionaré en pedazos para que me dures todo el año. Comeré lo primero el hígado y el corazón, que son lo que antes se estropea. Reviviré en ellos a Baudelaire y a Rimbaud, pero tendrán sus palabras tu sabor. Las manos las dejaré para la primavera y con ellas beberé un buen Chianti y saborearé cada frase de El mal de la muerte de nuevo. Tus manos, tan bellas, sosteniendo ese libro en la cama es una imagen inolvidable.


Los huesos los herviré para hacer caldo y, después, guardaré tu hermoso cráneo, pero no con los otros. A ti que eres perfecta, que estás poco hecha pero lo bastante, que has quedado al borde justo del descubrimiento que enciende dentro la llama de la literatura, a ti que tanto placer me producirás, te he reservado un espacio en mi cuarto para cada noche, antes de acostarme, besar tu sonrisa de parca y recordar cuánto te amo en estos momentos. María Zaragoza. *Imágen de perfil: El Rubencio.

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