Las raíces mitológicas de la obra de Tolkien



Pocos escritores han dado tanto de qué hablar como el británico John Ronald Reuel Tolkien. Para lo bueno, como uno de los máximos exponentes (si no el que más) de la alta fantasía y renovador del género épico, y también para lo malo. Autores posteriores lo han tachado, a él y a su obra, de tradicional, reaccionaria, racista y filocristiana. Incluso se ha hablado de su simpatía hacia los nazis, cosa no del todo incierta toda vez que, como conservador, veía un mayor peligro en la Unión Soviética que en la primera Alemania de Hitler. No obstante, no hace falta leer a Ishiguro para certificar que era ésta una opinión bastante difundida en el Reino Unido durante el período de entreguerras y, en todo caso, Tolkien no puede ser acusado ni de antisemita ni de racista (diversos testimonios, cartas y conferencias suyas lo atestiguan).


Tampoco queda muy claro que Tolkien pudiera sentirse satisfecho con que su obra fuera encuadrada dentro del género fantástico. Si tomamos su universo propio, el de la Tierra Media desde su creación hasta el inicio de la Edad de los Hombres, en que acaba El Señor de los Anillos, como un mundo imaginario sin más, no habría inconveniente en hablar de él como un autor más de ficción escapista. El problema radica en que, tal y como Tolkien concibió sus historias, todo lo que nos cuenta no es más que una reescritura de la protohistoria humana. Hablar de que su obra (o más concretamente las leyendas que la jalonan) tiene influencias de las mitologías griega, judeocristiana, anglosajona o nórdica es hacer el camino inverso al que él desarrolló: el corpus mitológico occidental no influye en la obra de Tolkien, la mitología propia desarrollada principalmente en el compendio titulado por su hijo (erróneamente, a mi juicio) como Silmarillion pretende ser la raíz, el tronco común, del que emanan todas las mencionadas mitologías.

En su concepción del Universo, Tolkien reinterpreta los mitos que han conformado la ideología occidental e imagina un origen único para las leyendas que conformaron civilizaciones tan dispares como la normanda, la griega o la judía. Si de las tradiciones nórdicas y anglosajonas aprovecha sobre todo un contexto social y bélico de raíces artúricas y un rico bestiario plagado de referencias a elfos, gnomos y hombres con características sobrehumanas, el panteón griego es utilizado para explicar el origen del mundo y el imaginario judeocristiano para justificar la evolución tanto de las razas mortales como de las inmortales. Estas últimas razas, divinas o semidivinas, desaparecen de la faz de la tierra tras la Guerra del Anillo: con Sauron y el Balrog derrotados y los magos y los elfos (cuya inmortalidad proviene de haber podido contemplar a los dioses cara a cara, claro referente bíblico) en tránsito hacia la tierra bendita de Aman, incluso habría que poner en duda la supervivencia de Tom Bombadil, probablemente el último carácter mágico que habitaría, según Tolkien, la Tierra. Todo lo que de mágico (es decir, el remanente de la divinidad) tenía el mundo desaparece, dando paso a las edades, más mundanas, que nosotros conocemos.


Hay muchas más referencias reconocibles: el mito de la Atlántida es sustituido por Númenor, la gran isla del oeste. Al igual que pasó con los atlantes, los numenoreanos son castigados por los dioses debido a su soberbia, aunque Tolkien da una explicación más completa, ya no sólo de las razones (principalmente la búsqueda de una inmortalidad que les es negada) sino también de las disidencias internas entre los fieles y los rebeldes.

Se dice varias veces que la Tierra Media, durante la Tercera Edad, está en plena transición. No es descabellado imaginar que no sólo se hablaba de cambios sociales y de la nueva hegemonía humana que estaba por venir: también los continentes estaban cambiando. La Comarca, plagada de hobbits que no desean ver mundo y que prefieren dedicarse a sus cosas, no sería más que las futuras Islas Británicas. Tal vez sea hilar muy fino, pero Harad, al sur, es obviamente África y los hombres cetrinos del este no pueden ser sino asiáticos.

Sería mejor, por tanto, y si tomamos como buenas estas consideraciones, considerar a Tolkien como un escritor de Mitología, no de Fantasía.


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